Fundamentación
teológica del Movimiento
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Punto de partida.
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América Latina vive aún bajo el signo del Subdesarrollo que no sólo
aparta a muchos hermanos nuestros del goce de los bienes materiales, sino
de su misma realización humana. A pesar de
los esfuerzos que en muchos lugares se efectúan, todavía reinan
abundantemente el hambre y la miseria,
las enfermedades de tipo masivo y la mortalidad infantil, el analfabetismo
y la marginalidad, las profundas desigualdades en los ingresos y las
tensiones entre las diversas clases sociales, los brotes de violencia y la
escasa participación del pueblo en la gestión del bien común.
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Pero por otra parte también constatamos signos de transformación,
transformación que, además
de producirse con una rapidez extraordinaria, llega a tocar y conmover
todos los niveles del hombre, desde el económico hasta el religioso, (
Cfr. Medellín, Mensaje a los Pueblos de América Latina.)
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Todo esto genera en él la angustia, una desesperanza que lo llevan a
situaciones de violencia, de odio, de explotación del hombre por el
hombre, en síntesis al pecado, que entorpece el Plan de Dios. (Cfr.
Vaticano II, Gaudium et Spes).
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Como miembros de la Iglesia que somos, queremos comprender este momento
histórico del hombre latinoamericano a la luz de la Palabra, que es
Cristo, en quien creemos, se revela el misterio del hombre. (Cfr. Vaticano
II. Gaudium et Spes 10 y 22)
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Principios Teológicos.
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Dios es comunidad de Amor, el ser de cada una de las tres divinas Personas
es darse al otro. Dios es el que se da. En un desborde de su amor, Dios
crea al hombre a su imagen y semejanza. (Cfr. Gen. 1, 26 y ss;
Sal. 8)
Ese Dios se ha revelado en plenitud en Cristo y
se revela como un Dios que salva.
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Creación, Revelación, Salvación, son momentos del llamado divino que se
dirige al hombre en su propia historia convirtiéndola así en historia de
salvación, invitándola al Amor, que no existe fuera de la comunión con
Dios y en Dios con los hombre. Este misterio del llamado a la comunión en
el Amor y en la libertad, prefigurado en el Antiguo Testamento, se realiza
plenamente en Cristo Jesús, DIOS Y HOMBRE VERDADERO, que irrumpe en el
mundo, desde el seno de María.
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En Cristo Jesús, en su misterio Pascual, el hombre es recreado, Cristo es
el HOMBRE NUEVO y en Él, nosotros nos convertimos en “hombres nuevos”
y toda la vida humana adquiere sentido a la luz del Misterio Pascual, en
el cual somos insertos por nuestro Bautismo. (Cfr. Rom.. 6, 5; Vaticano
II. Gaudium et Spes 10 y 22) Él
es el CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA. (Jn. 14, 6) En Él encontramos la victoria sobre el dolor, el pecado y la
muerte.
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Este vivir a Cristo es un vivir en Cristo presente hoy, es decir en la
Iglesia, en la comunidad de los hombres llamados a vivir “la
gloriosa libertad de los Hijos de Dios”, libertad que nacida del
Amor, crece en el Amor y se alimenta en la expresión celestial del Amor
Divino, que son los Sacramentos, particularmente la Eucaristía, fuente y
culmen de la vida cristiana. Además supone y exige de cada cristiano una
profunda convicción de ser un artífice en la Historia de la Salvación,
de que en Él se reproduce la dinámica creación-revelación-salvación.
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El cristiano se convierte en constructor del Reino y esto lo hace en la
medida en que realiza y promueve la justicia y la paz en la verdad y en el
amor. Como hijo de Dios, hermano de los hombres y Señor de las cosas, el
cristiano, conducido por el Espíritu, va caminando en la fe, en la
esperanza y en el amor; hacia el encuentro definitivo con Dios y con los
hombres en la parusía. (Cfr. Vaticano II.
Gaudium
et Spes 38 y 39)
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Misión de Palestra.
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¿ Cómo entra Palestra en este Plan.? Su inserción en el mismo se
efectiviza en la misión de promover, para que realice efectivamente su
vocación específica de presencia transformadora en el mundo, en el
ejercicio de su triple ministerio; profético, sacerdotal y real. (Cfr. 1
P. 2, 4.-10), ministerio que nace de la unión con Cristo iniciada en el
Bautismo. (Cfr. Vaticano II, Apostolado de los Seglares, 3)
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Los jóvenes tienen una importancia innegable en el mundo de hoy; por ello
Palestra pretende, fundamentalmente, formar “jóvenes
y líderes dirigentes evangélicos”
que ejerzan su influencia actual o potencial en los distintos
ambientes donde se mueven.
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Entendemos por líderes y
dirigentes, a aquellas personas que en la totalidad de la situación
en la que se encuentran vislumbran el objetivo del sector o grupo de la
sociedad en que viven y sobre la base de esa percepción son capaces de
renovar y dirigir ese mismo ambiente de acuerdo con sus propios objetivos
y con una fidelidad absoluta a la Buena Nueva de Cristo.
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Por otra parte consideramos que la vocación de líder es un don
proveniente del Espíritu Santo, el cual no sólo santifica y dirige al
Pueblo de Dios mediante los Sacramentos y los Ministerios, y lo adorna con
sus virtudes, sino también reparte gracias especiales entre los fieles de
cualquier condición, “distribuyendo
a cada uno según quiere” (1 Cor 12, 11) con los cuales hace aptos y
prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean
útiles para la renovación y mayor edificación de la Iglesia, según
aquellas palabras: “A cada uno le
otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad.” (1
Cor 12, 7) (Cfr. Vaticano II, Lumen Gentium, 12)
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Así pues, el líder y dirigente evangélico, tal como lo comprendemos no
es un miembro perteneciente a un grupo cerrado de escogidos, sino que está
puesto por Dios en el mundo para el servicio de los hombres y le exige una
especial solidaridad, que se expresa en una viva voluntad de sacrificio
que le haga poner toda su vida al servicio del hermano, e implica también
un contacto inteligente y constante con la realidad, de tal modo que su
forma de ser resulte una manera especial de presencia en el mundo, más
bien que una segregación de él. Con espíritu de humildad y de pobreza,
antes de enseñar debe aprender, “haciéndose
todo a todos para llevarlos a Cristo.” ( 1 Cor. 9, 22)
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Sin olvidar nunca que todo debe estar dominado y presidido por el
amor, característica de nuestra vida como cristianos y sin el cual de
nada sirve que estemos capacitados para este servicio celestial (Cfr. 1
Cor. 13, 1-13; Pablo VI, Evangelii Nuntiandi N° 79), ese amor que cada día
debemos conquistar e incrementar con nuestro esfuerzo constante, que
muchas veces se nos presentará como una lucha, pues el líder es el que más
frecuentemente y de manera casi permanente está tocado por la triple
tentación de Jesús que se sintetiza en el poder. (Cfr. Mt. 4, 1-11)
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Esta manifestación será posible si se da el testimonio por parte de la
comunidad. La interiorización
y transformación en vivencias de la Palabra de Cristo únicamente serán
posibles en una comunidad
cristiana. La existencia de una comunidad ferviente facilitará la
incorporación del joven Palestrista en el seno de la Iglesia y hasta los
mismos Sacramentos adquirirán el sentido de signos eficaces.
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Así como la comunidad de los primeros cristianos deba testimonio “con gran poder de la resurrección del Señor Jesús” y
despertaban gran simpatía, los palestristas convencidos de su fe y de su
vida en Cristo, “deben contagiar
con su entusiasmo a los jóvenes que les rodean...” (Cfr. Hechos 4,
33)
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Vibrar en clave de comunión, es disponerse a irradiar la vida en Cristo,
que se transforma en misión salvadora para los hombres.
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