MÍSTICA Y
ESPIRITUALIDAD
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La Mística y Espiritualidad del Movimiento Palestra se fundamenta en la
teología de San Pablo, es por esto que es necesario conocer su
personalidad y experiencia.
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Judío de raza, griego por sus relaciones y romano políticamente, se
benefició de las tres cultura. Hizo sus primeros estudios en Tarso y los
continuó en Jerusalén en la escuela de Gamaliel. Mas fogoso que su
maestro, se lo vio cuidar las vestiduras de quienes apedreaban a Esteban,
(Cfr. Hechos 7, 58) asolar
la Iglesia de Jerusalén (Cfr. Hechos 8, 3) y de obtener el mandato
oficial para perseguir a los cristianos de Damasco. (Cfr. Hechos 9, 2)
Pero antes de llegar Saulo encontró
a Cristo en el camino y su vida cambió por completo. (Cfr. Hechos 9,
3-5)
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San Pablo no era un incrédulo que descubrió a Dios, ni un pecador que se
quiso liberar de sus faltas. El se convirtió por una superación de su fe
primera, ya que creía en Dios, en la Ley y en los Profetas, pero no en
Jesús. No comprendía que reconocer en Jesús al enviado de Dios era ser
beneficiario de la promesa, admitiendo el cumplimiento de las profecías.
Pasar del judaísmo al cristianismo no era renunciar al pasado histórico
de Israel, sino tomarlo trans-figurado en sus cumplimientos
providenciales.
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La revelación de Cristo fue personal (Cfr. Hechos 9, 4); produjo en él
un cambio, transformando su odio fariseo en generosidad y universalidad de
amor. Saulo fundó su apostolado en
este encuentro personal e histórico con Cristo. (Cfr. 1 Cor 9, 1)
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Podemos destacar tres características en la personalidad de San Pablo:
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Identificado
con Cristo
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Servidor
de los hombres.
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Servidor
del Evangelio.
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Identificado con Cristo.
Habiéndose encontrado Pablo con Cristo, tiene la actitud de quien
busca perlas finas y habiendo hallado una de gran valor (Cfr. Mt. 13,
45-46), todo lo que era para él ganancia lo juzga pérdida por la causa
de Cristo Jesús. (Cfr. Ef. 3, 1)
San Pablo reconoce que es apóstol no por mediación de los hombres
sino por “Jesucristo y Dios Padre
que lo resucitó de entre los muertos” (Cfr. Ga. 1,1) y realiza
todas sus obras en una continua acción de gracias. (Cfr. 1° Tim. 1, 12);
Col. 3, 17) llegando hasta alegrarse de los padecimientos que soporta, “completando
en su carne las tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo que es la
Iglesia” (Col. 1, 24) hasta exclamar “y,
vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí.” (Gal 2,
20)
Abocado
a la conversión de los gentiles, universaliza la acción con una
comprensión y aceptación de las características de cada región.
Continuamente busca la unidad de la Iglesia. Hay en él un espíritu
de constante superación que lo impulsa
a trabajar por el Reino incansablemente. Sensible a los hechos cotidianos
y a los nuevos convertidos, va constituyendo nuevas comunidades
cristianas.
Proclama constantemente la búsqueda del Hombre Nuevo, nacido del
Espíritu contraponiéndolo al Hombre viejo. (Cfr. Rom 6, 1; Ef. .4, 22-24)
San Pablo recorre con una energía infatigable todo el mundo
grecorromano; sus cartas y los Hechos de los Apóstoles reflejan sus
numerosos viajes y su urgencia por anunciar el Evangelio.
La predicación del Evangelio es para él la principal preocupación
de su apostolado: “Hay de mí si no evangelizare!” (Cfr. 1° Cor 9, 16)
En su lucha por el Evangelio pedía a los cristianos que lo
apoyaran: “Pero os suplico,
hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu Santo,
que luchéis juntamente conmigo en vuestras oraciones rogando por mí a
Dios.” (Rom 15, 30)
La
lucha del palestrista
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San Pablo hace de su lucha por el Evangelio una misión: “Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos y todo
lo esto lo hago por el
Evangelio para ser partícipes del mismo.” (1° Cor 9, 22-23)
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Y esto tiene para nosotros, Palestristas, una vigencia especial. Somos
elegidos para luchar por Cristo y con Cristo. Como miembros de la Iglesia
estamos llamados a propagar el Reino de Dios, restaurar las cosas
enteramente temporales y ordenar todo hacia Cristo. (Cfr. Vaticano II,
Apostolado de los Seglares 7) Y lo hacemos con la esperanza, sabiendo que,
“si hemos muerto con El,, también
viviremos con El.” (2° Tim 2, 11)
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Así como los atletas se imponen un régimen y un orden, el Palestrista
debe someterse a un entrenamiento ya que la lucha exige sacrificio y
disciplina, y es necesario prepararse para ella.
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Toda esta lucha la realizamos ligados a otros en comunidad, donde el
esfuerzo de cada uno se va haciendo el esfuerzo común que tiene como meta
y fin a Cristo.
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Debemos tener en cuenta tres elementos fundamentales:
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Conocimiento de Dios y de su Plan.
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Convencimiento del Amor de Dios y de su fidelidad; de que Cristo
es Alguien por quien vale la
pena jugarse.
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Disposición a correr riesgos, a asumir actitudes concretas, a
optar como soldados de Cristo.
A estos elementos Pablo suma otras armas. (Cfr. Ef. 6, 10-17)
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Es un correr sabiendo a dónde vamos y todo lo que debemos hacer;
proclamar el Evangelio. Este proclamar el Evangelio es algo complejo. Se
realiza en primer lugar mediante el testimonio; pero éste se revelará a
la larga impotente si no es explicitado por un anuncia claro e inequívoco.
Anuncio que no adquiere toda su dimensión más que cuando es escuchado,
haciendo nacer en quien lo ha recibido una adhesión del corazón. Cambio
interior expresado normalmente con la entrada en la Comunidad Eclesial y
muchos otros signos que le prolongan y despliegan.
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Finalmente el que ha sido evangelizado, evangeliza, debe convertirse en
alguien que a su vez da testimonio y anuncia. Todos estos elementos pueden
parecer contrastantes, incluso exclusivos; en realidad son complementarios
y mutuamente enriquecedores. Hay que ver siempre cada uno de ellos
integrados con los otros. (Cfr. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi 17-24)
Cristo
como Ideal
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La persona de Cristo es de una riqueza inagotable, por ello, Palestra
utiliza en su espiritualidad, tres aspectos que no son independientes
entre sí:
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Cristo Camino:
Por
su presencia y su palabra es la Revelación de la verdad total; en El se
nos descubre todo lo que necesitamos en nuestra búsqueda de sentido:
sentido de la vida y de la muerte, de la lucha, del triunfo y del fracaso,
de nuestras relaciones con Dios, con los hombres y con el mundo.
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Cristo Verdad:
Toda su la fuerza para llegar a ser conformes a Cristo brota de El mismo y
es el Espíritu que vive en El, y que derrama en nosotros su vida, sobre
todo (aunque no únicamente) por los Sacramentos y la Oración: “Mi
vivir es Cristo” decía el Apóstol con aquel convencimiento de las
palabras del Señor: “Sin mí nada
podéis hacer.”
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Cristo Vida: La vida de Cristo es la plenitud de la vida. Es encarnación y plenitud
de todos los valores. Es modelo para ser imitado, no tanto en la
materialidad de sus gestos históricos cuanto en su actitud de perfecta
adhesión a la voluntad del Padre, su perfecta entrega a los hombres a
quienes hace hermanos; todo esto hecho patente no sólo en su paso por la
tierra, por sobre todo en su Pascua.
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La misión salvadora de Cristo no está totalmente concluida; continúa
hoy y somos llamados a cooperar con El en su obra:
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Cristo debe ser engendrado en cada hombre y cada hombre engendrado en
Cristo, haciendo propias las actitudes vitales del Señor, iluminado por
su verdad y vivificado por la fuerzo de su Espíritu; hecho Hombre Nuevo.
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Toda la comunidad humana debe ser igualmente gestada y dada a luz en
Cristo, reunida, de la misma forma
reconciliada en El por la adopción comunitaria de sus actitudes,
iluminada por su verdad y vivificada por la fuerza de su Espíritu hecha
humanidad Nueva.
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Finalmente toda la creación debe ser recreada en Cristo: liberada de
la esclavitud en que yace por culpa del pecado humano, reorientada según
el Plan del Padre para el bien de cada hombre y de todos los hombres;
“leída como Epifanía”, consagrada a Dios como ofrenda pura; hecha
una Nueva Creación.
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Por este ideal asumido en plenitud, bien vale la pena jugarlo todo (Cfr. 1°
Cor. 9, 24-ss; 2| Cor. 12, 15), afrontar los dolores de parto (Cfr. Gal.
4, 19) para que el Hombre Nuevo, nazca en el mundo. (Cfr. Col. 3, 10)
Mística
de comunión
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La meta que Pablo nos propone, es que nos encontremos unidos en la misma
fe, y en el mismo conocimiento de Cristo, se da en la medida en que
entramos en comunión con su existencia.
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La mística cristiana es de fe y lleva a la apertura al otro, a la
entrega. Por eso el verdadero cristiano, encuentra su liberación
entregando su vida a los demás, a ejemplo de Cristo.
“Nadie tiene amor más
grande que el que da su vida por sus amigos.”
(Jn. 15, 13)
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Palestra, como Movimiento está llamado a vivir y expresar la comunidad en
una comunión de personas en Cristo. Convocados por la Palabra, los
Palestristas están llamados a realizar una comunidad en la verdad y en el
amor. Esto es esencialmente una Iglesia-signo; un grupo de personas que
viven en comunión.
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Esta experiencia capacitará al Palestrista para ser promotor de
comunidades en sus ambientes juveniles y ser signo de la presencia amorosa
de Dios en el mundo.
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Esta vida de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, es un dinamismo que exige:
unidad con la cabeza, Cristo (expresada visiblemente en una unidad y
relación con los Pastores de la Iglesia), actitud de servicio y
participación con lo que emprenden sus hermanos.
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El problema es realizarse como Cristo con estos elementos.: MUERTE Y VIDA.
Entender y vivir nuestro Bautismo, es entender y vivir el misterio de la
Pascua. (Cfr. 6, 3.-4)
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